En Nueva Delhi, Narendra Modi cuestionó la “pirámide de privilegio” de la gobernanza global y reclamó que el Sur Global deje de aceptar reglas diseñadas por otros. BRICS tiene peso económico y demográfico para reclamar más poder. Lo que todavía no tiene del todo es una estrategia común para ejercerlo.
Las cumbres internacionales abundan en declaraciones que duran menos que las fotografías oficiales. La de los BRICS en Nueva Delhi intenta algo más ambicioso: discutir quién tiene derecho a escribir las reglas del sistema internacional.
Narendra Modi resumió el problema con una imagen eficaz. Habló de una “pirámide de privilegio” en la que el poder global continúa concentrado en pocos países, mientras buena parte del Sur Global carga con las consecuencias de decisiones en cuya elaboración participa poco.
La propuesta india es sencilla de formular y difícil de ejecutar: que los países en desarrollo dejen de ser receptores de reglas y se conviertan en actores capaces de diseñarlas.
El mundo cambió. Las instituciones, menos
La crítica apunta a una contradicción evidente.
La arquitectura internacional que surgió después de la Segunda Guerra Mundial todavía conserva estructuras de representación diseñadas para un mundo muy distinto al actual.
China es una potencia global. India supera los 1.400 millones de habitantes y ganó enorme peso económico y diplomático. Brasil conserva influencia regional. Asia, África y América Latina ocupan hoy un lugar mucho mayor en la economía mundial.
Sin embargo, el poder dentro de organismos como Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial continúa reflejando, en buena medida, el equilibrio de poder del siglo XX.
Ése es el corazón del reclamo.
No se trata solamente de tener más sillas. Se trata de decidir quién vota, quién veta, quién presta, quién sanciona y quién fija las condiciones.
BRICS tiene escala
El grupo ampliado reúne una porción enorme de la población mundial, del producto global y del comercio internacional.
Eso le da una base política difícil de ignorar.
BRICS ya no es un pequeño club de economías emergentes. Es una plataforma con masa crítica suficiente para reclamar influencia.
Pero el tamaño, por sí solo, no alcanza.
Y ahí empiezan los problemas
BRICS no es una alianza homogénea.
China y Rusia suelen imaginar al grupo como un contrapeso al poder occidental. India y Brasil tienden a presentarlo más como una herramienta para reformar el sistema internacional que para confrontarlo abiertamente.
Irán tiene una relación de enfrentamiento con Estados Unidos. Emiratos Árabes Unidos mantiene vínculos estrechos con Washington. India coopera con Occidente en varios ámbitos mientras preserva su autonomía estratégica.
La paradoja es evidente: sus miembros coinciden bastante sobre lo que no les gusta del orden mundial, pero mucho menos sobre qué debería reemplazarlo.
Ésa es la principal fortaleza y, al mismo tiempo, la principal debilidad del bloque.
India quiere reformar, no romper
La presidencia india intenta darle a BRICS un tono menos confrontativo.
Nueva Delhi no parece interesada en convertir al grupo en una coalición antioccidental. Su objetivo es más sofisticado: aumentar el poder del Sur Global sin quedar atrapada en una lógica rígida de bloques.
Esa estrategia le permite a India participar activamente en BRICS, reclamar reformas profundas y, al mismo tiempo, mantener relaciones estratégicas con Estados Unidos, Europa y otras potencias occidentales.
No es neutralidad.
Es autonomía.
El problema no es diagnosticar
La mayoría de los miembros del grupo comparte un diagnóstico general: las instituciones internacionales son poco representativas, el poder está concentrado y las economías emergentes tienen menos influencia de la que corresponde a su peso real.
La dificultad aparece después.
¿BRICS debe reformar las instituciones existentes?
¿Debe construir estructuras paralelas?
¿Debe reducir la dependencia del dólar?
¿Debe avanzar con nuevos sistemas financieros y monedas locales?
¿O debe mantenerse como una plataforma política flexible?
Cada miembro ofrece una respuesta distinta.
Eso limita la capacidad del grupo para transformar su descontento en una estrategia común.
El dólar también está en juego
Detrás de la discusión institucional hay otra disputa más sensible: el dinero.
BRICS lleva años promoviendo mayor uso de monedas locales y mecanismos financieros propios. El Nuevo Banco de Desarrollo forma parte de esa estrategia.
Pero incluso aquí las diferencias son evidentes.
Rusia e Irán tienen incentivos claros para reducir su dependencia del sistema financiero occidental. India y Brasil, en cambio, avanzan con mayor cautela.
La famosa “desdolarización” suena simple en los discursos.
En la práctica, reemplazar una moneda dominante exige mucho más que voluntad política: requiere confianza, profundidad financiera, estabilidad y mercados líquidos.
Ahí el desafío es bastante más complejo.
Argentina decidió no entrar
Para Argentina, la discusión tiene un elemento adicional.
El país había sido invitado a ingresar a BRICS, pero Javier Milei decidió rechazar la incorporación a fines de 2023.
La decisión fue coherente con su orientación política inicial, aunque dejó al país fuera de una mesa que hoy busca ampliar su capacidad de influencia internacional.
Eso no significa que BRICS sea necesariamente el camino correcto para Argentina.
Pero sí significa algo concreto: mientras otras potencias emergentes intentan ganar espacio en la arquitectura global, Argentina eligió no participar de ese foro.
La verdadera disputa es por el poder
La frase de Modi sobre una “pirámide de privilegio” funciona porque simplifica un conflicto real.
El sistema internacional enfrenta una tensión cada vez más visible entre la distribución real del poder económico y la distribución formal del poder institucional.
BRICS intenta cerrar esa brecha.
Tiene población. Tiene economía. Tiene recursos. Tiene actores con peso global.
Lo que todavía debe demostrar es algo más difícil: si puede transformar esa suma de poder en una voluntad política común.
Porque reclamar más lugar en la mesa es relativamente sencillo.
Lo difícil es acordar qué hacer una vez sentado allí.