Más que una infracción aislada, la postal dejó expuesta una tensión conocida: la distancia entre los valores que se evocan y las conductas que se naturalizan. A veces, una sola imagen alcanza para poner en discusión hábitos, tolerancias y esa zona gris donde la comodidad personal se impone sobre lo común.
Hay escenas que, por pequeñas, dicen más que un discurso entero.
Un auto mal estacionado sobre la curva, junto al cordón amarillo, frente a una sucursal bancaria. Hasta ahí, una postal demasiado conocida en cualquier ciudad argentina. Pero en Alta Gracia, a pocos metros de ese gesto mínimo de desprecio urbano, hay algo más: una plazoleta que recuerda a Francisco Antonio Rizzuto y una vieja consigna que durante décadas acompañó a la ciudad: “en pro del comportamiento humano”. La colocación de esa placa en Alta Gracia fue situada en 1968, durante la intendencia de facto de Antonio Abraham, y con el tiempo ese lema derivó en una de las ironías más persistentes del folklore local.
Las imágenes que acompañan esta editorial fueron tomadas por este medio, que además pudo constatar que quien dejó el vehículo en ese lugar fue Hugo Grassino.
Y entonces la escena deja de ser solo una infracción o una viveza. Se vuelve una metáfora.
Porque el problema nunca fue el monumento. El problema es la distancia obscena entre lo que una ciudad dice honrar y lo que después tolera en su vida cotidiana. “Comportamiento humano” no debería ser una frase de bronce, ni una rareza heredada, ni un meme vecinal para comentar cuando alguien hace una animalada. Debería ser, en todo caso, una práctica concreta: respetar al otro, entender que el espacio público no es extensión del capricho privado, asumir que convivir también implica frenar donde corresponde y no donde resulta más cómodo.
Francisco Antonio Rizzuto, fundador de Veritas y de la Liga Pro Comportamiento Humano, quedó asociado en Argentina a la idea de promover valores cívicos y buenas costumbres; incluso el 31 de marzo quedó instalado como Día del Comportamiento Humano por una resolución ministerial de 1992. Pero en Alta Gracia el asunto adquirió otra deriva: la solemnidad original fue devorada por la realidad. La ciudad no solo heredó un lema; heredó también la capacidad de desmentirlo a cada rato.
Y eso es, quizás, lo más interesante de esta escena.
No hace falta un gran escándalo institucional para desnudar una cultura. A veces alcanza con un auto cruzado donde no debe, con una curva tomada como estacionamiento personal, con la tranquilidad impune de quien supone que unos minutos propios valen más que el orden común. Ahí también se revela una sociedad. No en las ceremonias, no en los discursos, no en los homenajes, sino en esas pequeñas decisiones cotidianas donde cada uno muestra qué entiende por vivir con otros.
Por eso esta no es una historia sobre un conductor. Ni siquiera es, en el fondo, una historia sobre tránsito.
Es una historia sobre la ciudad mirándose al espejo.
Alta Gracia conserva una marca simbólica extraña, casi absurda, a medio camino entre la solemnidad y el sarcasmo. La nota es conocida: “capital del comportamiento humano”, o “en pro del comportamiento humano”. Lo curioso es que la frase ya no funciona como elogio. Funciona como diagnóstico invertido. Como ironía preventiva. Como comentario automático cada vez que algo sale mal, cada vez que aparece una escena de incivilidad, cada vez que la convivencia queda arrumbada por la comodidad, la desidia o el “total son dos minutos”.
Y quizás allí radique la verdadera potencia del episodio: la ciudad produjo sola su propia editorial. De un lado, el homenaje. Del otro, la conducta. Entre ambos, apenas unos metros. Pero en sentido, un abismo.
Porque entre el monumento y la curva no hay solamente una distancia física. Hay una pregunta incómoda: ¿qué hacemos hoy, en serio, con eso que decimos valorar?



